Desde que
Fatah cometió su primer acto de sabotaje contra el Servicio Nacional de
Conducción de Aguas de Israel, el 1 de enero de 1965, el movimiento nacional
palestino viene librando una persistente guerra contra el Estado judío. En su
nivel más básico, los palestinos –desde la OLP y la Autoridad Palestina (AP)
hasta Hamás, la Yihad Islámica y las organizaciones salafistas– llevan décadas
urgiendo a matar o herir a judíos israelíes y a dañar o destruir sus
propiedades. Las distintas organizaciones sólo difieren en las tácticas para
alcanzar esos objetivos.
Mahmud
Abás, presidente de la AP (o el Estado Palestino, según se lee en sus
distintivos y correspondencias), se ve constreñido por la necesidad de alcanzar
esos objetivos mediante la “lucha popular”, es decir, con palos, piedras y
bombas incendiarias pero sin armas de fuego, ataques suicidas y misiles. Esas
restricciones no rigen para las demás organizaciones, incluida Fatah, que
comanda el propio Abás (además de la OLP y la AP). Sus únicas limitaciones las
marcan sus capacidades. En la Margen Occidental tienen un perfil bajo gracias a
la inteligencia israelí, las detenciones preventivas y la cooperación en
materia de seguridad entre Israel y la AP, que comparte con el Estado judío el
interés en la destrucción de Hamás, común enemigo.
Como
expertos en la producción de violencia, esas entidades y organizaciones
palestinas saben que la rutina de la lucha armada y popular es insuficiente; no
sólo para el logro de objetivos políticos primordiales como una retirada
israelí, sino para el mantenimiento de la atención internacional en su lucha
por la deslegitimación del Estado judío.
Para
decirlo a quemarropa: asesinar a dos padres de familia numerosa y herir
gravemente a otros dos israelíes –los frutos de la violencia palestina en enero
y febrero de este 2018– no da titulares fuera de los medios israelíes y
palestinos. Ese nivel de impacto no puede alterar el equilibrio de poder entre
las partes. Por penosos que sean ese tipo de ataques, pocos israelíes, ya sean
de derecha, de izquierda o de centro, van a modificar sus opiniones sobre la
cuestión palestina o sobre quienes están en el poder. En cuanto a los
palestinos, son dolorosamente conscientes de que desde la denominada Primavera
Árabe, con su reguero de sangre y la multiplicación de las guerras por
delegación entre Irán y Arabia Saudí y entre chiíes y suníes, el umbral de
muerte y destrucción que deben traspasar para llamar la atención se ha elevado
sustancialmente. Las organizaciones palestinas han de competir con los
bombardeos indiscriminados de Rusia y Siria sobre el bastión rebelde de Guta,
al este de Damasco, así como con la violencia en Irak, el Yemen y Libia.
Esta es la
razón por la que decenas, si no cientos, de miembros de esas organizaciones
tratan consistentemente de llamar la atención de los medios lanzando oleadas de
violencia que, con la debida frecuencia, socaven la voluntad israelí de
mantener un régimen democrático en una región donde los Estados están al borde
de la guerra, como en el Líbano, o metidos hasta las trancas en una, como en
Siria.
La más
reciente innovación es la idea de una marcha multitudinaria de 100.000 gazatíes
para desarbolar la seguridad fronteriza de Israel en torno a la Franja en
simbólica representación del regreso de los refugiados de Gaza a sus hogares
primigenios. Ni que decir tiene que esos manifestantes difícilmente serán los
refugiados originales, que tendrían al menos 69 años, el tiempo que ha pasado
desde el establecimiento de Israel, en 1948.
El objetivo
inmediato de este desborde fronterizo no es tanto matar israelíes (aunque, si
puede conseguirse, tanto mejor) como buscar la propia muerte. Lo que se
pretende es que Israel recurra a la fuerza para mantener el orden (como haría
cualquier Estado soberano) y pergeñar escenas y funerales que deslegitimen al
Estado judío.
El objetivo
a largo plazo es, de hecho, matar o dañar israelíes, así como sus propiedades.
Hamás y las demás organizaciones anhelan que esto lleve a multitudinarias
oleadas de protesta y a actos terroristas suicidas espontáneos en la Margen
Occidental y entre los ciudadanos árabes de Israel. Lo ideal, para las
organizaciones palestinas, sería el desencadenamiento de una intifada a gran
escala.
Incluso en
el mejor de los momentos, nadie puede predecir qué ocurrirá. La cuestión de
cuándo y cómo alzarse ha sido minuciosamente estudiada por los poderes
establecidos, por los rebeldes y por los terroristas, y desde luego por
numerosos académicos. Tras centenares de años de análisis, el desencadenamiento
de oleadas masivas y sostenidas de violencia sigue siendo un misterio. No
encaja en los moldes de las ciencias exactas.
Israel
quiere mantener el statu quo, en el que la gente vive con normalidad. Las
organizaciones terroristas palestinas quieren alterarlo. Tras once años de
gobierno de Hamás, Gaza está en trance de convertirse en otra Guta, otra Bagdad
bañada en sangre, o incluso en otro Estado palestino fallido.
El plan
tiene sus dificultades porque los palestinos están divididos, aún más desde el
reciente intento de asesinato del primer ministro palestino, Rami Hamdalá, en
Gaza. Están tan divididos que los actores principales –la AP y Fatah, por un
lado, y Hamás y la Yihad Islámica, por el otro– no pueden ponerse de acuerdo
siquiera en la fecha de celebración de la marcha multitudinaria contra la
frontera. Los seguidores de Fatah quieren que sea el 14 de mayo, día en que Ben
Gurión proclamó el Estado de Israel y cinco Estados árabes lo invadieron. Los
palestinos se han apropiado de tal fecha para la conmemoración de la Nakba, su
fracaso a la hora de destruir el Estado de Israel, y el drama de los refugiados,
aunque la salida de estos tiene poco que ver con esa fecha en concreto. Hamás
quiere que se celebre el 30 de marzo, en que numerosos árabes palestinos
conmemoran el Día de la Tierra.
Es muy
probable que las marchas tengan lugar en ambas fechas, e Israel y los
palestinos se están preparando para ello. El Ejército israelí hará lo que esté
en su mano para desbaratar las protestas de forma que no haya un baño de
sangre. Los palestinos, de la OLP y la AP para abajo, querrán que la sangre
corra a raudales. Ojalá lo que prevalezca sean las intenciones israelíes.
La Marcha del Retorno, la manera palestina de hacer la guerra
02/Abr/2018
Revista El Medio- por Hillel Frisch